La Cultura de lo Desechable

Hace muchos años, antes de adentrarme a fondo en el mundo del arte, tuve la oportunidad de visitar una exposición en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de Nueva York acompañada de una amiga, mexicana, literata, culta, intelectual que residía en esa ciudad. No estaba preparada para lo que encontré. La exposición, “Objetos del Deseo: la Naturaleza Muerta Moderna” exhibía obra de grandes nombres de la historia del arte moderno y contemporáneo, Henri Matisse, Pablo Picaso, Fernand Leger, Giorgio de Chirico, Man Ray, Salvador Dalí, Andy Warhol, autores fascinados por objetos diarios, de uso común, plasmados en sus lienzos como objetos deseables por todos.

 

Esperaba, por supuesto, encontrar estas grandes obras del siglo xx. Sin embargo, a la par de las obras, la exposición reunía una serie de objetos tales como cajas de detergente apiladas en una ordenada pirámide, el frente de un tostador para pan de caja adherido a la pared mostrando el logo de la compañía fabricante, General Electric o algo semejante, unos pantalones de mezclilla de marca conocida, una mesa donde manzanas y peras formaban una espiral perfectamente delineada, una serie de objetos apilados, si no mal recuerdo coronados por una mesita que podría haber sido de café o mesita lateral, y una pieza, la más bizarra de todas, una rebanada de pastel gigante. Cuando uno se acercaba a esta última se percataba que era una lona sucia, café, podría haber sido de un “homeless”, una persona que vive en la calle, rodeada en dos vueltas por una cuerda blanca que representaba la crema entre las capas del pastel, una sudadera o tela blanca que simulaba el adorno de crema chantilly y otra tela o quizá un balón rojo, no sé bien qué era, pero recuerdo una esfera roja, la cereza del pastel.

Estos y muchos otros más eran los objetos que me rodeaban, las naturalezas muertas de las postrimerías del siglo xx, la introducción al arte que ya sería parte del nuevo milenio. Estaba a punto de salirme de la exhibición, con cara desencajada, cuando mi amiga se percató de mi confusión. De inmediato me tomó del brazo y me regresó al inicio de la muestra, percibiendo mi total falta de entendimiento a lo que estaba viendo.

Su explicación a los objetos y obras de arte que veíamos fue tomando forma y sentido. El hombre del siglo XX estaba atraído por una serie de objetos, que a diferencia de centurias anteriores, eran producidos por primera vez en serie. Estos objetos eran codiciados por distintos estratos de la sociedad y al ser producidos en masa, en cierta forma comenzaban a ser asequibles por todos. Los objetos plasmados en los lienzos mostraban la nueva forma de vida de estas sociedades.

Pasamos luego a la zona de “instalaciones”, como más tarde supe que se denominaba a la agrupación de objetos de la que hago mención: los objetos de consumo, los productos comercialmente deseables, que indicaban el grado en que la naturaleza muerta es un sistema en evolución de la representación de los objetos estrechamente ligados a los cambios en la cultura y la sociedad.

No voy a detenerme en el punto de definir si estos objetos podrían ser considerados como arte o no. Este es un tema altamente polémico pues las posiciones sobre el “arte actual” son radicales. Yo tengo una opinión muy definida a este respecto. Lo importante es que estos objetos o instalaciones me proveen de una base para hablar de la cultura y sociedad desechables.

Toda sociedad está construida sobre una estructura de valores, de comportamientos, de modas y estas estructuras cambian a través de los siglos. Los cambios son cada vez más rápidos, las sociedades más impacientes; vocablos como rápido, cómodo, nuevo, intenso estilo de vida, beneficio económico, desecho, son valores profundamente arraigados en el siglo XXI.

Estos valores influyen en nuestro comportamiento, nos trazan tendencias y modas. Cuando una sociedad, “el cliente”, requiere rapidez, innovación, comodidad y emoción intensa, “el proveedor” le ofrece los productos y servicios que satisfacen estas necesidades y valores. Por tanto, nos encontramos en un mundo que vive de prisa, que come comida rápida, envuelta en cajitas de cartón impresas a cuatro tintas, de pvc herméticas, bolsas de plástico de todos grosores, unicel con película plástica que mantiene la frescura de los alimentos; toma agua, no de la llave, sino de botellas transparentes, nítidas, de gran diseño; compra pan de dulce en cajas de PET que podrían desintegrarse en 500 años cuando las donas que venían en la caja se consumen en una merienda; cambia de equipo celular no porque no sirva, sino porque su plan le permite el cambio a otro equipo, no necesariamente mejor, sino nuevo, el último modelo, la última moda; viste y calza modelos que solo duran una temporada, ya sea por no “repetir” el modelito o por la falta de calidad en las materias primas, objetivo perfectamente definido por la compañía fabricante para que el consumidor tenga que comprar otro producto para reposición, volviéndonos cómplices del ciclo tóxico del agua. El problema comienza cuando el número de personas se combina con la escala y tipos de consumo y con la generación de basura. La composición de la basura es la prueba de que pasamos de un estilo de vida en donde predominaban los productos orgánicos, a uno de productos industrializados. Así, el contenedor de basura que antes estaba repleto de restos de comida, vidrio y cartón, ahora contiene una gran variedad de plásticos, latas, empaques y todo tipo de chatarras, de difícil degradación.

Claro que me dirán que muchos de los residuos son reciclables. Y efectivamente, hay productos que tardarían decenas o cientos de años en degradarse en la naturaleza y por ende, vale más la pena el tratarlos adecuadamente a la hora de descartarlos para que puedan reutilizarse. Ahora que parece que hoy en día, por el hecho de reciclar, creemos que tenemos solucionado el problema de los residuos. Nada más lejos de la verdad. ¿Es que aún no hemos entendido que fundamentalmente tenemos que gastar menos, consumir de forma diferente? ¿genuinamente necesitamos tal o cual producto, aunque sea verde?

Somos generaciones productoras de basura, generadoras de desechos en pro de la rapidez, la innovación, la comodidad, la intensidad del estilo de vida. Y saben, a ustedes no se les pidió su opinión. Han crecido en el mundo que generaciones anteriores a ustedes hemos creado para ustedes y para aquellos que los siguen. Ustedes están creciendo en la cultura del desecho; desechar es lo normal, lo cotidiano. Y no solo hablo de los desechos de productos industrializados. Ustedes mismos son desechables. Hace no demasiados años uno se contrataba en alguna compañía, “se ponía la camiseta” como se dice coloquialmente, y hacía carrera. Le era leal a la empresa, pero la empresa le era leal a uno. Actualmente el concepto del desecho permea en la vida profesional del individuo. Uno se contrata pero la compañía lo puede despedir en cualquier momento y al mismo tiempo ya no le es leal a la empresa si encuentra uno una mejor oferta. La empresa también es desechable.

Ya no hablemos de las relaciones personales….

Primera parte para que la audiencia sepa esperar una segunda parte.