Es de conocimiento común que si las paredes hablaran… la cantidad de historias que nos contarían. No sería diferente en un recinto como el Museo Nacional de Arte (MUNAL-INBA) construido a partir de 1904, que fungió primero como Palacio de Comunicaciones, posteriormente como Archivo General de la Nación y desde 1982 como Museo Nacional de Arte.

Mi abuelo trabajó entre estos muros en la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas hace ya muchos años.

Sin embargo, en un lugar como estos, las paredes nos interesan más por lo que llevan encima. Aquí queremos escuchar las historias que nos cuentan las obras que las revisten, capítulos completos de novelas que nos dejan picados queriendo conocer el desenlace, la historia escondida, el significado oculto o el capítulo previo a la escena que observamos. Nos hablan de otras épocas, de nuestras raíces, nuestras costumbres, nuestra ideología, nuestros personajes, nuestros paisajes… en fin, un cúmulo de información que con un poco de detenimiento ante cada obra que nos llama la atención, podemos descubrir.

El día 22 de septiembre del 2012 tuve la oportunidad de dar una charla en el MUNAL dentro del programa Mira….Lee. Este proyecto reúne a historiadores, poetas y autores plásticos quienes encabezan recorridos a lo largo de las 34 salas que conforman la exposición permanente. Con una sala por expositor, se trata de acercar al público al acervo de este maravilloso museo que alberga nuestra historia del arte, desde el siglo XVI al XX.

El Museo ha bautizado las salas que comprenden el siglo XIX como “Construcción de una Nación”. En 4 palabras englobamos la búsqueda de una identidad nacional, la exaltación de nuestros valores, el reflejo de las sociedades liberal y porfirista, la ideología, los adelantos en las ciencias y en las artes. Es ambicioso, es vasto y es interesantísimo.

Así me encontré en la Sala 26, el Simbolismo en México, última sala dedicada al siglo XIX. Había escogido esta sala casi un año antes. En aquella ocasión, recorría el museo con gran parsimonia, gozando cada una de las obras que observaba, pero cuando llegué a la sala 26 me quedé pasmada ante un mural enorme, de alrededor de 6 metros de largo por casi 4 de alto titulado “Apoteosis de la Paz”. Un monumental formato que mostraba una escenográfica arquitectura grecolatina y una multitud de figuras alegóricas relacionadas con las artes, ciencias, labores agrícolas, comerciales e industriales. Una figura, representando la paz, guiaba a la Patria, una mestiza, en su ascenso al templo de las naciones desarrolladas. El autor….Alberto Fuster.

La obra me remitió, inmediatamente, al estilo pictórico de Alma-Tadema, pintor holandés del siglo XIX, obsesionado por el mundo clásico y uno de mis pintores favoritos. Se notaba la influencia de Alma-Tadema en Fuster, pues otra de las obras de la sala, “Tríptico al Maestro Justo Sierra” presentaba esa delicadeza en las formas como en el uso del color, la elegancia, la intención decorativa y las marmóreas terrazas con vista al mar, tan utilizadas por el pintor holandés y ahora por el mexicano.

En ese instante supe que quería hablar sobre Apoteosis de la Paz. Pero, ¿quién era Alberto Fuster?. Comencé a buscar en algunos de mis libros de arte al igual que en internet y me di cuenta que al igual que muchos otros autores plásticos reconocidos en su época, Alberto Fuster, gran pintor simbolista, había sido relegado dentro de nuestra historia del arte. Había muy poca literatura sobre él.

Sin embargo, tuve la suerte de platicar con Oscar Mercadillo (VC-Art Magazine) quien me comentó que la historiadora del arte, Ana Sofía Lagunes, acababa de escribir un libro sobre Fuster, “Alberto Fuster (1872-1922), Una Profunda Mirada del Simbolismo en México” precisamente trayendo a la luz la historia de este gran autor plástico. No solo el libro de Ana Sofía fue de gran ayuda. Nos entrevistamos y ella me trazó la línea de investigación que seguí para desarrollar mi charla.

Fuster, nacido en Tlacotalpan, Veracruz, recibió una pensión para estudiar pintura en Europa apoyado por el régimen de Porfirio Díaz. Su preparación la realizó en Roma, París, Venecia, Florencia, Milán y Nápoles. Fue becado por el gobierno mexicano durante 17 años y tres años más laboró como cónsul honorario en Florencia. Participó en el Salón de los Campos Elíseos y en la Exposición Universal de Paris de 1900, donde obtuvo mención honorífica. La obra de Fuster estuvo expuesta en la Academia de San Carlos en varias ocasiones, donde también impartió cátedra. Destacados personajes como Benjamín Hill, Teodoro A. Dehesa, Joaquín Casasús y Venustiano Carranza fueron sus benefactores. Expuso en la Metropolitan Academy of Arts de Nueva York y cuando preparaba una exposición en la embajada de Washington D.C. en 1922, hizo un viaje a Austin, Texas, donde se quitó la vida.

El simbolismo de Alberto Fuster se desarrolló por tres temáticas: el pasado grecorromano, la espiritualidad del cristianismo y el folklore veracruzano.

Apoteosis de la Paz fue pintado en 1901. Estaba destinado al Salón de los Embajadores de nuestro Palacio Nacional. Es un referente enaltecedor al mandato de Porfirio Díaz, el cual había establecido la paz que tanto añoraba un país que había discurrido entre constante conflictos bélicos.

“The Mexican Herald”, el 25 de junio de 1910 mencionó que “miembros del gabinete, subsecretarios, gobernadores de los Estados y otros” lo regalarían al Presidente Díaz el 15 de septiembre, día de su cumpleaños. El cuadro costó $15,000.00.

Fuster puebla su obra de figuras alegóricas. La diosa Nike, representada en movimiento, con amplio vestido pegado al cuerpo dada su naturaleza “aérea”, con alas en la espalda, lleva una rama de palma que se dispone a entregar a la Patria, como símbolo de victoria. Las figuras representativas de las artes están coronadas por ramas de laurel, rama dedicada a Apolo, dios protector de la poseía, la música y las demás artes. Identifico a Pigmalión, personificación de la escultura desde el siglo XVIII, fabricando la estatua de la cual estaba enamorado. Porta el martillo y el cincel, instrumentos del escultor. Mercurio, dios protector de los comerciantes, lleva el caduceo, vara de dos serpientes, símbolo de la paz. Las serpientes representan la cautela y la prudencia. Localizo a Pomona, ninfa, quien lleva la hoz con que cuida su huerto. Personifica los frutos de la tierra. La geometría, la astronomía, la química los adelantos científicos y el progreso industrial están presentes. La medicina, con su serpiente, símbolo de regeneración, animal que se transforma, que es capaz de cambiar su piel vieja por una nueva, con poderes apotropaicos y curativos. Tres musas, inacabadas, son inspiradoras de los poetas y los artistas.

Las figuras son vistas y recreadas bajo una óptica naturalista, pero les rodea una atmósfera poetizante. Algunos de los críticos de Fuster le llamaban el “pintor-poeta”.

No hay duda que Fuster maneja los recursos técnicos formales, el color sutil, los delicados efectos de las texturas, una composición bien dispuesta. Pero me llama la atención que la Patria se vea ofuscada, casi cabizbaja, cuando va a recibir la hoja de palma, la victoria, la bienvenida a las naciones desarrolladas. Me hace pensar, siguiendo la característica principal del simbolismo, sobre ese significado oculto detrás de las obras que los autores simbolistas nos invitan a descubrir: quizá Fuster nos muestra la paradoja del régimen porfirista, sobresaliente en sus logros materiales, económicos y culturales, pero al mismo tiempo, del régimen opresor de la sociedad.

 

En noviembre del 2012, el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) entregó 11 obras restauradas del insigne artista veracruzano, patrimonio del que el Instituto Veracruzano de la Cultura (Ivec) es depositario y que volverán a ser exhibidas en la Casa de la Cultura Agustín Lara, de Tlacotalpan. Otras obras de Fuster pueden ser admiradas en la Sala 26 del Museo Nacional de Arte (MUNAL-INBA) y en la Colección Blaisten. Varias de sus obras de las que existe registro, están desaparecidas.