La multimillonaria colección del Instituto de Artes de Detroit con un acervo de extraordinarias obras pictóricas de grandes maestros - Rembrandt, Picasso, Degas, Goya, Rubens, Reynolds y Van Gogh entre otros- escultura, cerámica y mobiliario, está en peligro al poder terminar bajo el martillo del subastador.

¿Por qué una colección tan notable y valiosa tendría semejante fin?

La ciudad de Detroit está en bancarrota, una deuda estimada en 15 billones de dólares.

El gobierno de la ciudad ha estado investigando y evaluando qué activos puede vender para pagar esa deuda. Esto incluye su magnífica colección de arte integrada en su mayoría por la generosidad de sus ciudadanos que a través de 120 años han contribuido a crear un acervo que rivaliza con los de los museos de arte más importantes del mundo.

La ciudad de Detroit tuvo su primera exposición de arte “en préstamo” en el año de 1883 (Detroit Art Loan Exhibition, 1883). Esta consistió en obra prestada por familias de Detroit, artistas vivos, corredores de arte de Boston y Filadelfia. El Century Magazine contribuyó con una serie de ilustraciones en blanco y negro y un grupo de coleccionistas de Cleveland, ciudad amiga y rival a la vez, con una galería de pintura. Para la exposición se erigió una galería con 26 salas y 4801 obras de arte entre óleos, acuarelas, esculturas, grabados y diversos objetos.

La exposición fue todo un éxito. Por tanto se tomó la decisión de construir un museo permanente. Ciudadanos prominentes de Detroit donaron fondos para la construcción del edificio. Fue Detroit una de las primeras ciudades norteamericanas en establecer un museo de arte. Así, el Museo de Arte de Detroit surgió en 1889. Mr. Scripps, director del Evening News y miembro del patronato del museo, con atinada visión, comenzó a adquirir obra principalmente de los grandes maestros flamencos e italianos donándola al museo. Una sucesión de directores permitió el incrementar el acervo con intereses diversos tales como la artesanía norteamericana y el arte contemporáneo norteamericano. El creciente patrimonio requería de un nuevo edificio que solo sería posible construir con financiamiento de la ciudad. Por la misma época, la ciudad reorganizó su estructura política que permitía la creación de una comisión de arte que construiría y administraría un museo de arte. En 1919 se traspasó el museo y sus colecciones a manos públicas, a la ciudad, cambiando su nombre al de Instituto de Artes de Detroit (The Detroit Institute of Arts). En 1927 se inauguró el nuevo edificio en su localización actual.

Aunque la ciudad contribuyó con fondos para adquirir algunas obras como “San Jerónimo” de Jan Van Eyck; “Visitación” de Rembrandt; “Madona y Niño” de Bellini Y “La Danza Nupcial” de Pieter Brueghel el Viejo, se puede afirmar que la colección de grandes obras del Instituto ha sido creada a través de las donaciones tanto de obras de arte de las colecciones privadas de los ciudadanos de Detroit como de fondos para adquirir aquellas que han complementado el acervo. Esta es una típica historia americana. La generosidad de individuos con conciencia cívica ha creado una enorme cantidad de instituciones culturales y educativas a través de los Estados Unidos, pero Detroit se lleva la medalla de oro en este rubro.

Tintoretto, Rubens, Constable, Pisarro, Verrocchio, Bernini, Goya, Copley, Ghirlandaio, Murillo, Reynolds, son algunas de las firmas donadas por los ciudadanos de Detroit.

Aunque el caso de Detroit es un caso extremo, no es la primera vez que un museo tiene que deshacerse de sus grandes obras. La tentación de asaltar “el sótano” o “las bodegas” es grande para varios museos que ven en su contabilidad menores ingresos y grandes costos de mantenimiento. El código de ética para deshacerse de una obra que es parte de una colección permanente sugiere que los fondos provenientes de su venta deben ser utilizados para comprar otras obras que hagan sentido con la visión y estrategia de museo y sus colecciones; la moda dicta empezar “colecciones de arte contemporáneo” deshaciéndose de piezas de grandes maestros cuyo arte realmente ha trascendido en favor de bloques de cemento con antenas, filas de figuritas de cerámica “ready´-made” caracterizando algún personaje de caricatura, botellas de plástico o grava y escombro acumulado en una esquina, todas con un maravilloso discurso filosófico por parte del curador que pretende convencer a cualquier audiencia que lo que está mirando es arte. Por seguir una moda, una tendencia, los museos pueden tomar una decisión muy equivocada. Los museos deben tener enfoque, visión y estrategia para adquirir o deshacerse de obras para construir una colección coherente, interesante, atractiva al visitante. Si el vender una gran obra y adquirir la obra equivocada es un gran error, más error es el deshacerse de magníficas colecciones en pro del pago de sueldos o del mantenimiento del techo del museo. Más error aún, el enajenar una colección para pagar una fracción de la colosal deuda de una ciudad. Algunos arguyen que si un museo no genera lo suficiente para mantenerse, entonces debe vender varias piezas de su colección para compactarla y a su vez reducir gastos de mantenimiento, conservación, sueldos, rentas, etc. Pero esta visión solo ve los números fríamente y olvida la cultura, la parte humana y sensible del hombre, la identidad que un museo puede dar a una ciudad, a una nación.

La reputación de un museo sufre cuando se ve obligado a vender sus mejores obras. La colección permanente de un museo es uno de sus recursos más valiosos para generar entusiasmo entre el público y los donadores que lo apoyan. Una vez que se ha vendido una pieza o colección importante, es difícil atraer nuevos patrocinios. Cuando el Van Gogh , el Rembrandt o el Brueghel se han ido, estos ya no ayudan a pagar los sueldos y el mantenimiento del museo pues al visitante se le ha quitado el incentivo para ir a contemplarlas y el donador pierde la fe en el museo.

El pensar que los problemas de presupuesto de un museo o el pago de deudas de una ciudad se pueden arreglar con la venta de las colecciones de arte parece muy fácil, pero es muy miope. ¿Qué quedará del Instituto de Artes de Detroit si por razones externas debe decirle adiós a sus grandes obras?