Hace un par de años platicaba con un galerista sobre sus géneros de pintura favoritos. El paisaje era sin duda lo que le encantaba, sin embargo en su galería en San Ángel no exhibía ninguno. Me comentó “el paisaje está demodé”, mis clientes no buscan paisajes.

Seguramente se refería a grandes coleccionistas que buscan la firma o la pintura contemporánea de impacto o que gozan de la figura humana o del arte abstracto y que consideran que el paisaje no les ofrece reto o impacto. Sin embargo el común mortal sigue prefiriendo el paisaje. Se identifica con las vistas locales, gusta de los colores o simplemente prefiere tener un paisaje que no solo decora su espacio sino que le permite no buscar una explicación a la obra, simplemente gozarla. Podríamos pensar que una fotografía podría hacer lo mismo. Sin embargo la paleta, la ambientación, la atmósfera o la textura son cualidades muy atractivas de cualquier obra pictórica. El autor puede convertir la naturaleza en lo que quiera. Puede cambiar su disposición, jugar con el espacio, quitar o poner árboles, cambiar el clima, hacer crecer flores o pasto donde no lo hay, pintar grafiti en una barda limpia o limpiar una barda con grafiti al plasmar el paisaje urbano.

Estadísticas de ventas online del sitio web Artfinder del 1 al 31 de diciembre de 2015 indican que el 25 % de los consumidores de arte en línea tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido compran paisajes. Es la temática preferida, seguida por obra de animales y obra abstracta. El paisaje no ha estado siempre de moda. De hecho, el género del paisaje en Occidente toma su auge en el siglo XIX. En el arte oriental la Naturaleza siempre ha tenido un papel importante desde hace muchos siglos.

En la historia de la pintura occidental, el paisaje aparece en el período Gótico llenando espacios dentro de la composición pictórica. Giotto y sus seguidores comienzan a incluir la naturaleza en sus composiciones aunque es hasta el siglo XV que se establece el género del paisaje pero solo como parte del entorno de los personajes en las obras.

En el siglo XVII autores como Claude Lorrain y Nicolás Poussin se dedican a pintar paisajes históricos. A partir de estos paisajes se derivan las reglas a las que se debe someter la representación de la Naturaleza. Una de estas reglas se refiere a la presencia humana dentro del paisaje realizando alguna actividad que dé mayor contenido a la obra. Así encontramos en grandes museos innumerables obras de paisaje pero siempre con alguna historia en paralelo que normalmente da el título a la obra.

Hacia el principio del siglo XIX, John Constable y Joseph Mallord William Turner, autores de gran fama, llegan a la culminación de la escuela paisajista desarrollada en Gran Bretaña desde el siglo XVII. En sus obras, la Naturaleza aparece como el único protagonista, siguiendo plenamente los postulados románticos. A mediados del siglo XIX la pintura paisajista en Francia evoluciona hasta llegar a las propuestas impresionistas. Esta evolución comienza con la obra de Camille Corot y la Escuela de Barbizon.

Corot es uno de los primeros autores en ir a trabajar al aire libre, donde descubre algo trascendental para su obra: que el color no existe por sí mismo y que el paisaje cambia según la luz y la atmósfera que lo envuelve, principios que más tarde veremos como gran influencia en los impresionistas.

La Escuela de Barbizon, nombre del pequeño pueblo junto a los bosques de Fontainebleau, reúne a varios artistas como Théodore Rousseau, Narcisse Díaz de la Peña y Charles Daubigny que intentan renovar la pintura paisajista, teniendo como modelo e inspiración la obra de Constable y otros ingleses.

En el siglo XIX, los pintores rusos introducen un estilo emotivo, especial, dentro del género del paisaje buscando una identidad nacional. Entre sus principales exponentes están Ivan Shishkin, Alexei Savrasov, Fyodor Vasilyev y Andrey Nikolaevich. La Escuela del Río Hudson del siglo XIX en Estados Unidos refleja principalmente tres temas: el descubrimiento, la exploración y el establecimiento de los emigrantes europeos y de los pueblos nativos. Thomas Cole, Frederic Edwin Church y John Frederick Kensett son algunos de sus exponentes.

El impresionismo, la corriente más popular pues casi no hay quien se resista a la belleza de los paisajes impresionistas, se desarrolla en el último cuarto del siglo XIX. Es una pintura al aire libre que estudia la luz en la Naturaleza, la disolución cromática que provocan la luz, el aire y el sol. Basta con ver los paisajes de Monet, Pissarro o Sisley (neoimpresionista) para experimentar distintas sensaciones sobre el paisaje.

En México la pintura del paisaje marca un período importante en la historia del arte nacional. El territorio es parte de la identidad mexicana. Solo con nombrar a grandes autores nacionales apreciamos la importancia del paisaje para México: José María Velasco, Félix Parra, Joaquín Clausell y el Dr. Atl, cada uno con su estilo particular, pero todos plasmando nuestras raíces en sus lienzos.

Y tú, ¿qué opinión tienes sobre el paisaje?