La artista holandesa Judith Leyster era un prodigio artístico en su nativo Haarlem en los 1600´s. Cuando tenía 24 años ya había sido admitida al prestigiado gremio de los pintores de San Lucas. Sin embargo, su nombre y obra fueron olvidados por casi 200 años hasta que se presentó una disputa entre una galería inglesa, una firma inglesa y un cliente en París por una obra supuestamente atribuida al gran virtuoso, Frans Hals.

Judith mantuvo un estudio propio con aprendices y estudiantes. Era una de dos mujeres aceptadas en el gremio de San Lucas, por lo que gozaba de una gran reputación. Principalmente producía pinturas de género y retratos. Varias de sus composiciones nos presentan uno o varios personajes en actitudes de la vida doméstica cotidiana o divirtiéndose ya fuera tocando música, bailando, riendo o sobre todo, bebiendo.

Frans Hals era el gran maestro en estas escenas de género y retratos. Judith pertenecía al mismo período en que los artistas pintaban este tipo de escenas. Incluso no se sabe si Hals fue su maestro, pero su pintura presenta una gran influencia del gran artista. En una ocasión Leyster presentó una demanda en contra de Hals por haberle “pirateado” un aprendiz. Frans Hals tuvo que pagar la multa correspondiente sin regresar al aprendiz al taller de Leyster. Judith Leyster era tan excelsa en su forma de pintar que muchos oportunistas vendieron sus obras como aquellas producidas por la mano de Hals. Incluso llegaron a modificar su firma para que incluyera las iniciales FH. Justamente la firma de Leyster era muy original. Basada en su apellido Leyster o Lodestar, estrella guía, firmaba con el monograma “JL” y una estrella que apuntaba al firmamento. La disputa antes mencionada sucedió a finales del siglo XIX cuando la obra de Leyster, “Los alegres compañeros”, hoy en el Louvre, fue vendida por un galerista inglés, Wertheimer, a una firma inglesa que a su vez la vendió al Barón Schlichting en París. Cuando el monograma de Judith Leyster fue descubierto por restauradores del Louvre bajo la suciedad del tiempo y barnices oscurecidos, el Barón demandó a la firma inglesa que a su vez quiso revertir la venta original con el galerista Wertheimer ya que este le había vendido la obra como no solo un Frans Hals, sino “uno de los mejores que había pintado”. Un crítico de arte de la época había estado de acuerdo con esta opinión por lo que la prensa se deleitó en burlarse de los “expertos“. La obra quedó en manos del Barón Schlichting, quien a su muerte la heredó al Louvre, después de un arreglo entre las dos partes.

Lo único que surgió de esta disputa fue que solo disminuyó el precio de la obra al no ser ya atribuida a Hals. Es triste pensar que el mundo del arte no se regocijó al encontrar una artista de la talla de Frans Hals (Germaine Greer, “The Obstacle Race”). Es hasta los últimos 20 años que la obra de Judith Leyster se ha apreciado y valorado por su propio mérito.