Todos los artistas amamos los colores. Son parte de nuestra vida diaria. Hablamos con colores. Para nosotros es normal referirnos a un verde permanente, un azul phtalo, un rojo carmín o un amarillo cadmio para describir algún objeto.

Varias de mis publicaciones anteriores se han referido a colores en específico. En esta publicación quisiera referirme a la historia del color en general.

La historia del color ha sido influenciada por los adelantos científicos y tecnológicos que se han dado a través de los siglos. En el siglo XIX la revolución industrial tuvo un enorme efecto en la producción de colores.

Mientras que los pintores de la antigüedad hasta el Renacimiento habían creado pigmentos a partir de ingredientes naturales tan extraños y maravillosos como los insectos, la orina de búfalo, los minerales y las piedras preciosas, en la década de 1870 la producción industrial de colores sintéticos se había puesto en marcha. Por primera vez en la historia, los pigmentos sintéticos brillantes estaban disponibles y eran relativamente asequibles.

Es difícil de imaginar hoy en día que el color haya sido objeto de gran controversia durante gran parte de la historia del arte occidental. La mala racha de color comenzó en la Edad Media, explica Paul Perrin, conservador del Museo d’Orsay. "El color se consideraba sensual, una forma de 'seducción', y por lo tanto malo.

Las cosas buenas eran la 'racionalidad', la historia y la 'moralidad'. El color era algo que sucedía en los ojos y no podía controlarse. A menudo se le comparaba con el maquillaje y tenía connotaciones de traición. Se le consideraba algo femenino. Se pensaba que los colores hablaban a través de las emociones más que a través del intelecto. En el siglo XVI, el mundo del arte italiano se había enfrentado en dos campos opuestos: los dedicados al "colore" y los dedicados al "disegno" (línea). En el siglo XVII, el debate llegó a Francia, donde varios artistas continuaron adoptando las banderas respectivas hasta bien entrado el siglo XIX. Hablando en términos generales, los pintores de principios del siglo XVIII del barroco tardío, el rococó o el neoclásico aún utilizaban la paleta de colores básica de la época del Renacimiento.

Impulsado por una creciente demanda de tintes para acomodar la creciente producción de textiles a escala industrial, el proceso de investigación científica en colorantes cobró impulso hacia el final del siglo XVIII. Como resultado, el cambio de siglo vio la introducción de varios pigmentos nuevos. Los resultados fueron a menudo tóxicos. En la década de 1840 las alternativas sintéticas no tóxicas para pigmentos populares como el azul ultramar y el amarillo de zinc ya estaban disponibles y las siguientes décadas pusieron a disponibilidad nuevas tonalidades. En 1856 los químicos de Escocia y Polonia produjeron el malva y el magenta, respectivamente. En 1859 los químicos nos dieron el verde viridian y el violeta cobalto.

En 1841 John Rand inventó el tubo de pintura de metal, contenedor de pintura que se convirtió en el preferido por los fabricantes de pigmentos. Era hermético, portátil y de bajo costo.

En 1860, cuando el comerciante de color Julien Tanguy se trasladó a París para ejercer su oficio, había un mercado ansioso por la pintura en tubos. El hecho de que la pintura estuviese preparada y con texturas consistentes permitió una mayor experimentación por parte de los artistas- Los tubos también permitieron a los pintores pintar al aire libre por primera vez y descubrir la gloria del paisaje.

El siglo XVIII por tanto fue la línea divisoria entre la paleta de colores tradicionales del Renacimiento y la nueva paleta de la era moderna. Dicho esto, muchos de los avances en la química del color que tuvieron lugar en el siglo XIX como el blanco de zinc o el blanco de titanio en el siglo XX, entre otros pigmentos, se basaron en investigaciones realizadas en años anteriores.

El siglo XX amplió aún más la paleta de colores introduciento los phtalos azul y verde a finales de la década de los 20´s: las quinacridonas naranja, carmesí, rojo escarlata, violeta y azul manganeso en los 30’s; el oro verde en los 40´s y posteriores a la II Guerra Mundial el nickel azo, el azul indanthrone, el cadmio bermellón y el rojo pyrrole, entre otros.

Los años 60’s trajeron al escenario los locos pigmentos fluorescentes. Como con cada descubrimiento anterior, los artistas se volvieron locos con los nuevos colores que se les ofrecían. Hoy en día el artista puede conseguir casi cualquier tono imaginable directamente de un tubo de pintura.

Sin embargo sigue siendo un reto el crear los colores propios a partir de solo los pigmentos primarios, azul, rojo y amarillo, en dos versiones cada uno, fría y cálida, ayudados por el blanco y el negro.

Beatriz Eugenia