¿Puede considerarse la selfie del siglo XXI la versión moderna del autorretrato? ¿Qué es una selfie? ¿Qué significado tiene?

2013 fue el año en que el diccionario Oxford de la lengua inglesa nos dio la definición oficial de la palabra del año: selfie. La describió como una fotografía que uno ha tomado de sí mismo,

generalmente con un teléfono inteligente o cámara web y que comparte a través de las redes sociales.

La selfie se ha convertido rápidamente en la forma universal de tomar el control de nuestra imagen y presentarnos en la mejor luz o filtro imaginable.

Durante 500 años la humanidad ha mostrado una fascinación por examinar al individuo a través del retrato. Aunque desde la época de los egipcios, los griegos y los romanos ya existían los retratos, James Hall, autor de “El autorretrato: una historia cultural” argumenta que un punto de partida coherente para esta práctica artística es la Edad Media, ya que “era una edad preocupada por la salvación personal y el autoescrutinio”. Alrededor de los 1500´s los artistas comenzaron a cambiar este enfoque hacia la imagen que proyectaban física, social y estilísticamente. El retrato se tornó naturalista, enfocado en el individuo plasmado. Durante el Renacimiento, el género se benefició del “heroísmo” del artista y se hizo verdaderamente popular con el aumento de la riqueza y el interés por la individualidad. El hablar de “heroísmo” del artista sugiere la idea de que el artista se pinta dentro de sus propias composiciones, como parte de la escena y dándose la misma importancia de los personajes retratados con esta cualidad de creador.

"En el siglo XX, el acto de autorretrato se volvió desagradable y neurótico, una forma de autoagresión", escribe Peter Conrad en su reseña de "El autorretrato: una historia cultural". El "heroísmo" del artista dio paso a un escrutinio autoconsciente de la extraña individualidad del artista”.

“Ahora el autorretrato, incluidos los selfies, se ha convertido sin duda en el género visual definitorio de nuestra era confesional” nos dice Peter Conrad.

Pero el autorretrato y la selfie son dos esfuerzos separados aunque en ocasiones se traslapen.

El autorretrato toma tiempo; es un estudio silencioso de uno mismo durante el período de semanas, meses, posiblemente años, mientras que la selfie cumple con su propósito en el momento, capturando un milisegundo en lugar de una superposición de miles de segundos.

La selfie tiene las cualidades de ser reemplazable e incluso desechable. Si después de tomar una foto de uno mismo los resultados no nos satisfacen eliminamos la selfie y tomamos otra imagen que la reemplace. El autorretrato, ya sea un estudio cuidadosamente elaborado o creado a toda prisa, a menudo contiene más decisiones que las que podrían borrarse fácilmente. Llamar a un autorretrato de Rembrandt, de Kahlo, o de Schiele una selfie no sólo es anacrónico sino que también niega el conjunto de decisiones calculadas que tomó el artista.

Esto no significa que los selfies no pueden ser autorretratos, o que los selfies por naturaleza requieren lo contrario de la intención calculada. Un artista podría elegir representarse a sí mismo a través de selfies; sin embargo, los autorretratos no equivalen a una selfie inmediatamente.

A diferencia del autorretrato tradicional, los “me gusta” que recibe una selfie desempeñan un papel clave para tomarse retratos una y otra vez. En cambio, un autorretrato es una declaración que no puede ser alterada por la idea de quién lo va a ver o lo que alguien pueda pensar. Ni Alberto Durero, Frida Kahlo, Andy Warhol, Rembrandt van Rijn, Egon Schiele o Vincent Van Gogh esperaron los “me gusta” de sus contemporáneos cuando se pintaron a sí mismos.

Con las nuevas tecnologías ¿nos olvidaremos de capturar el testimonio de vida y experiencia del artista usando medios del pasado? ¿Perdurará la práctica de estas imágenes tangibles? O ¿preferiremos sacarnos fotografías que al final podremos desechar y borrarnos para siempre?

Beatriz Eugenia