La Pluma del Ganso

Beatriz Eugenia y su Pintura

Mauricio Vega Vivas*

En cierta ocasión un inquisitivo entrevistador cuestionó al famoso pintor René Magritte sobre la razón o las razones por las que pintaba. Agudo e inmutable, el pintor respondió: "Por las mismas razones por las que se vive,¿usted sabe para qué?". La respuesta de Magritte, como la totalidad de su pintura, condensa la filosofía idealista de Hegel a Heidegger, pasando por Nietzsche. En el fondo, la respuesta es simple: no hay razones para pintar como tampoco las hay para la existencia del mundo. Es probablemente este saber filosófico plasmado en su pintura, esa extrañeza ante la vida y sus razones, la que provoca caos e incertidumbre en sus mejores obras. De la obra de Magritte a la de Salvador Dalí hay un paso, el observador lo percibe facilmente.

Pero ni uno ni otro tienen la paternidad de esa anómala simbiosis lograda en el siglo XX entre pintura y filosofía. Es el italiano Giorgio de Chirico, que vio en las vitrinas de una galería en Florencia, la que lo inspiró. Y el pintor italiano sí era un fervoroso lector y admirador de las obras de Nietzsche. Pero lograr dicha simbiosis entre pintura y filosofía no es sólo producto de la lectura filosófica sin, sobre todo de cierta intuición que el pintor posee. Los surrealistas posteriores y cuantos han intentado reproducir en el lienzo de manera veraz esa delicada atmosféra metafísica lograda por De Chirico y compañía, recurren simplemente a la imitación fácil de los mismos tópicos: soledad, abandono. sombras alargadas en horizontes llanos, etc. Pero algunos pintores en México como Abel Jiménez y Beatriz Eugenia han conseguido un nivel de originalidad pocas veces logrado en este género. La pintura de Beatriz Eugenia particularmente posee ese raro saber filosófico que le permite la creación de obras que, aunque inspiradas en Magritte, llevan una carga original que las distingue de su influencia tan cercana.

A Beatriz Eugenia la conocí un domingo en Coyoacán. Vagaba yo por los jardines de la hermosa casona que albergaba la Casa de Cultura Jesús Reyes Heroles y atisbé por curiosidad una obra al parecer de Magritte, que colgaba en los muros de una de sus galerías ("Le beau monde" o " La alta sociedad", óleo sobre tela de 1962).

¿La obra de René Magritte en México, me pregunté? Sí, pero en el Palacio de la Bellas Artes y no en Coyoacán.

Entré a la galería Miguel Álvarez Acosta y descubrí que la pintura aquella era, realidad, una paráfrasis de la obra original del pintor belga, de muy buena manufactura por cierto. Las demás obras expuestas eran totalmente originales, fincadas en la misma tradición surrealista; pero todas nuevas. Al centro de la galería conversaban supuse, por el hilo de sus palabras, dos pintoras y sus respectivas familias. Recorrí la muestra y sumamente interesado abordé a poco rato a la autora. Me dislumbró su inteligencia. Aunada a su sencillez, Beatriz es sin duda una de las pintoras mexicanas que pueden aún provocar al asombro en el observador ordinario. Su pintura es accesible y de notable calidad. Aunque Beatriz no niega que su obra está inspirada en Magritte y lo copió alguna vez como un ejercicio de devota admiración, en mi opinión bien puede prescindir de dicha influencia en la actualidad, pues su obra se sostiene por su propio peso; incluso viendo sus pinturas recientes uno apenas podría suponer tanta cercanía con la obra del pintor belga, podría acaso negarla. Una de las particularidades fundamentales de las pinturas de Beatriz es el poder de ensoñación que aún poseen, pérdida lamentable en la pintura que se hace en este nuevo siglo. Menos racional y más intuitiva que Magritte, caminar frente a sus obras es un ejercicio de vuelo frágil e inspirado aleteo entre nubes y cielos azules de una transparencia anaudita. Ciertamente los temas que aborda son en realidad de compleja representación: la violencia, la soledad urbana y el fenómeno del calentamiento global; pero la manera en que los trata sobre el lienzo apenas son un esbozo, una mera aproximación. Tal vez, pienso, debiera abandonar todo pretexto para pintar y, como Magritte, simplemente concentrarse en lo que su imaginación le dicta ("esta no es una pipa; sino la representación de una pipa", en palabras del pintor belga). Permitir pues el vuelo libre de su talento natural. Si, por ejemplo, el motivo principal en turno es la manzana en sus infinitas representaciones -ecos lejanos de Martha Chapa- (Serie "Una Mirada a la Globalización"), bastaría su recomposición, reconstrucción o multiplicación sobre el lienzo para generar una obra de suficiente contenido alegórico.

Y como alegorías su clasificación y resignificación se vuelve compleja, de ahí su fuerte atractivo para el observador que persigue la fantasía por la sobre todas las cosas. Para decirlo de manera más llana, que si decide a pintar una manzana y esta la secciona o desintegra sobre un cielo transparente la imagen habla por sí misma; el titúlo sería incluso innecesario (obra "Desintegración familiar"). Aunque, ciertamente en esta serie de pinturas expuestas en la Casa de Cultura Jesús Reyes Heroles la manzana es sólo una metáfora. A manera de fábulas pictóricas, que podemos ver en estas páginas de nuesra revista, Beatriz exhibe algunas de las conductas más vergonzosas que protagonizamos los seres humanos en este reluciente siglo XXI. Sin pretensiones moralizantes recrea acciones humanas deplorables que, así retratadas, pueden evitar la ofensa o la simple incomodidad del espectador. Además, al evitar cualquier tipo de moraleja evidente no busca simpatizar con el público porque no lo requiere, la recreación de los defectos humanos es tratada con tal cuidado que puede pasarse por alto el motivo central de la pintura y concentrarse uno exclusivamente en el resultado final de la obra.

Es de sorprender, por otra parte, que las obras de Beatriz sean hechas con pinturas acrílicas y no con óleos tradicionales, pues la calidad que logra engaña al observador y las hace pasar por pinturas con aceite.

Notable es también su técnica, el pincel delicado con el que trabaja le permite obtener efectos pictóricos muy cercanos a la calidad de los surrealistas. Finalmente, su trayectoria de más de diez en el medio participando activamente en exposiciones individuales y colectivas la ha llevado a exponer en museos y galerías de Monterrey, Nuevo león, (Museo Industrial El blanqueo); Puebla (Centro Cultural Mizrahi, A.C. y San Pedro Museo de Arte); San Luis Potosí (Instituto Potosino de Bellas Artes) y en recintos similares en Morelia, Veracruz (Palacio Legislativo), Cancún y Mérida, Yucatán. También ha producido otras series de pinturas monotemáticas como "Baile de Mascaras", inspiradas en un festival veneciano según sus palabras, e "Historias del viento", en preparación; y que demuestran que las series que recorren hoy distintos recintos en ciudades importantes de nuestro país, una actualmente en Veracruz ("Planeta desechable") y la que pasó por los muros de la Casa de la Cultura Jesús Reyes Heroles, no son producto de la casualidad; sino que Beatriz Eugenia trabaja ya desde hace años con absoluta seriedad.

Culmen de ese esfuerzo es la presencia de su obra en galerías comerciales de prestigio y en propiedad de coleccionistas privados que adquieren sus pinturas con la certeza de que se trata de una artista talentosa y profesional.

*Mauricio Vega Vivas es profesor, artista plástico, historiador y crítico de arte. Estudió la Licenciatura en Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es Coordinador de Artes Visuales de la revista La pluma del Ganso desde el año 2003.